Dios

Hace unos días tuve un cruce de tuits con mi buen amigo Vicente Delgado @codelsa_poker, que en parte ha sido responsable de que escribiese esta entrada:

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A raíz de esto, me preguntaban por twitter si creía en Dios, refiriéndose al Dios que nos vende la iglesia católica.

Esta semana, tuve la suerte de leerme el libro que ha escrito Andrés Aberasturi “Cómo explicarte el mundo, Cris”, en el que a través de una serie de reflexiones, le intenta explicar a su hijo de 35 años con parálisis cerebral desde su nacimiento, como ve el mundo. Un libro más que recomendable, sobretodo para que nos demos cuenta, la gente que tenemos hijos sanos, de la tremenda suerte que tenemos.

En el libro, dedica tres pequeños capítulos a intentar explicarle a su hijo, Quién o Qué es Dios, y fue realmente chocante leer como describía su evolución respecto a su relación con Dios. Un calco de la mía.

Fui “educado” en un colegio católico donde se encargaron de grabarme a fuego ideas como dolor, pecado, mortificación, sacrifico y culpa mucho antes que las de amor, bondad y compasión.

Recuerdo una historia en la que el cura nos contaba la historia de una pequeña hormiguita.

-”¿Cuanto tardaría una hormiguita en llegar desde aquí, hasta la puerta del colegio? ¿Horas, incluso días?… ¿Y cuanto tardaría en llegar a Granada? ¿Meses?…

Imaginad que la hormiguita tuviese que ir hasta Madrid ¿Cuantos años tardaría en llegar?

Imaginad que la hormiguita es inmortal y que la tierra estuviese unida por tierra y que sigue andando y andando hasta formar un pequeño surco ¿Cuantos siglos tardaría en hacer ese surco con una profundidad de un metro? ¿Cuantos millones de años tardaría en hacer ese surco lo suficientemente profundo para partir la tierra por la mitad?

¡PUES ESO NO ES NADA COMPARADO CON LA ETERNIDAD QUE PASARÉIS EN EL INFIERNO SI MORIS EN PECADO!”

Os aseguro que no es una buena historia para un niño de 10 años. O igual sí es buena si lo que pretendéis es que se cague de miedo.

Gracias a episodios como este, me pasé toda la infancia con una adicción terrible al confesionario, que era el único sitio donde podía borrar mis pecados y poder así evitar esa eternidad de sufrimiento. Cualquier cosa que pudiese siquiera pensar que molestase al Señor, era motivo suficiente para hacerme los kilómetros que hiciesen falta para confesarme y obtener el perdón de Dios, siempre cumpliendo las reglas de la confesión (os las digo de memoria):

1- Examen de conciencia

2- Dolor de los pecados

3- Propósito de enmienda

4- Decir los pecados al confesor

5- Cumplir la penitencia

Dolor, arrepentimiento, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa… Que panda de hijos de puta que mal me hacían sentir.

Ese era el Dios que conocí de chico, y se las arreglaron para que respetase a ese Dios gracias a ese miedo al infierno que vendían, en el que quedaría condenado al llanto y crujir de dientes por toda la eternidad si cometía cualquier pecado (mortal).

Que manera de abusar y de joder mentes. Por suerte, leí mucho y me rodeé de buenos amigos y de unos mejores hermanos que poco a poco me fueron quitando la venda de los ojos y me ayudaron a reflexionar y a comprender, que todo lo que me contaban en el colegio, eran trolas mayores que los datos que sueltan nuestros políticos estos días en el congreso.

Las vendas se quitaron, pero las cicatrices se quedaron. Y ver esas cicatrices, producía en mi un rencor y un odio, en muchos casos irracional, a todo lo que rodeaba a la iglesia.

¿Que tiene que ver esa institución y lo que me enseñaban en el colegio con la idea que de Dios es amor y bondad? Bastante poco.

Con los años, ya casi no veo las cicatrices. He ido olvidando aquellos tiempos y el daño que me hicieron, llegando incluso a perdonar (no olvidar) a los pobres curas y profesores que probablemente nos puteaban por la influencia de una educación franquista retrógrada y ridícula… “Perdónalos, que no saben lo que hacen…” (que malo es el rencor, por cierto)

¿Y en que ha quedado todo esto?

“Estos mandamientos se resumen en dos. Amarás Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Esto es lo que se podía leer al final de los diez mandamientos.

¿Pero Quién es Dios? Dios. (Siempre con D mayúscula, otra de las cicatrices)

Como cuenta Aberasturi, ese Dios rencoroso y castigador no puede existir. Que cada uno piense lo que quiera. Y a mi, sinceramente, me da igual en que Dios crea cada persona mientras le haga feliz. No voy a ser yo el que le diga a la gente en lo que tiene que creer. Para mi, Dios no es un ser, es más bien un todo. Está en todas las partes y la manera de santificar a mi Dios es disfrutando la vida que me ha venido regalada, además de hacer la vida mejor a los que me rodean.

Lo que verdaderamente es un pecado es no disfrutar y sacarle jugo a la vida. Gente negativa que no para de quejarse por todo, amargados que sólo piensan en si mismos, los que teniéndolo todo no saben disfrutar de nada… Esos si que son pobres pecadores… Es como si al nacer nos regalasen una moto y nos pasásemos la vida mirándola sin montarnos en ella por miedo a caernos ¡Que aburrida sería la vida sin tropiezos y equivocaciones!

Si quiero, si amo a los que me rodean, si ayudo al que tengo a mi lado, es porque me hace feliz ver felices a los demás. ¿Eso me convierte en un egoísta? No se, puede ser. Lo que tengo claro es que la alternativa no me atrae. No voy a decir que soy incapaz, pero no me veo capacitado para putear sin motivo a alguien (incluso con motivo).

Muchos se ríen de mi cuando hablo del karma. Quizás tienen razón, porque en algún momento he podido hacer creer que me comporto como lo hago, esperando que la vida me lo devuelva con bondades y riquezas. Aunque nada más lejos de la realidad. Como he dicho lo hago porque me hace sentir bien, y las cosas malas que pasan, se aceptan y punto. Culpar al karma es algo infantil. No culpes al karma lo que te pasa por gilipollas, dice el libro…

Vengo de familia numerosa. Somos muchos, muchísimos (tan sólo entre mi mamma, los hermanos y hermanas y los sobrinos, ya vamos por 36, y todavía quedan). Gracias a que somos tantos, pasamos muchos y muy buenos momentos. La parte negativa de todo esto es que tenemos muchos boletos comprados para que nos pase algo a alguno (ya sea cáncer, ya sea accidente, ya sea alguna desgracia…) Así que mientras tanto, a disfrutar el máximo posible de cada momento con mi familia, con mis amigos, con mi profesión (conseguida con esfuerzo y trabajo bien hecho, Vicente), con mis torneos de poker, con mis comidas, con mi mujer y con mi hijo. Sobre todo con mi hijo, que me ha hecho relativizar todo. Sólo quiero que sea un niño sano y feliz, y lo que tengo claro, es que no voy a permitir que llegue un subnormal cualquiera que le intente comer la cabeza para que piense que hay un señor con barba señalándolo con el dedo, amenazándolo con una eternidad de fuego y dolor si le ve tocándose el pito. Que sus cicatrices sean otras.

Creo que fue Lorca quien dijo en una ocasión que tenemos la OBLIGACIÓN de ser felices. Deberíamos serlo, o por lo menos intentarlo.

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