Mi mayor momento fan o de cuando conocí a Quentin Tarantino

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Leyendo ayer al grandísimo Antonio de la Torre en su blog, en el que contaba como conoció a Imanol Arias, me vino a la cabeza mi mayor momento fan.

Corría el año 2000.

Mi carrera como actor funcionaba y la cosa parecía ir viento en popa. Vamos, que no me faltaba trabajo e iba encadenando una cosa con otra, algo casi milagroso para cualquiera que se dedique a esta profesión.

A mi representante y a algunos buenos amigos les pareció que sería una buena idea que me fuese a probar suerte a las Américas. Casualidades de la vida, un colaga que ahora resulta ser alcalde de un pueblo andaluz, me presentó en Granada a un norteamericano que era amigo de la directora de casting de Warner Brothers. Igual pensó que le estaba colando un farol cuando le dije que si me organizaba una entrevista con ella me plantaba en Los Ángeles. Dijo que por supuesto, que sin problema, y al mes allí estaba yo, plantado en L.A. con la intención de comerme el mundo.

Me saltaré, o mejor, dejaré para otro día, las trabas que ponen los americanos para todo. Resumiendo, no me dejaban ni apuntarme a unas clases de interpretación ni en la prestigiosa academia de Stella Adler ni en el Actor´s Studio al tener sólo visado de turista y no de estudiante. Tuve que mover cielo y tierra para conseguirlo. Desgraciadamente, la entrevista con la directora de casting sirvió para poco, y me pasé 3 meses viviendo con unos argentinos, buscándome la vida como podía en una decepcionante ciudad en la que eres menos que la mierda si no tienes contactos.

Lo más gracioso, es que conseguí hacer una segunda prueba para una peli dirigida por… ¡Una directora española! María Ripoll preparaba su “Tortilla Soup” y bueno, una pena que al final no consiguiese nada. Me consolé pensando que me echaron para atrás por el problema de arreglar los papeles para trabajar (un auténtico follón, o trabajas con un estudio grande o puedes olvidarte)

Cuando habían pasado dos meses unos compañeros de clase me consiguieron entradas para el estreno en el Teatro Chino de “Misión Imposible II”. Y allí nos plantamos mi colega argentino y yo. Todo un show la alfombra roja, andaba por allí lo mejorcito de Hollywood. Tom todavía estaba por aquel entonces con una altísima Nicole. Recuerdo ver a una pipiola Kirsten Dunst y a estrellas fugaces del momento que pasaron ya a mejor vida.

Al terminar la película y después de echarnos unas buenas risas (lo de la mezcla de las Fallas con San Fermines y Semana Santa es la risión, más aún si eres español y lo estas viendo en USA) me dejó colgado mi colega sudamericano porque tenía que currar y yo, ávido de curiosidad y absolutamente falto de complejos decidí que me iba a colar en la fiesta privada privadísima que se hacía a tan solo unas calles de allí, a espaldas de “El capitán” en un enorme parking en el que habían montado unas carpas. La entrada a priori era imposible. No sólo tenían controlado el acceso al parking, sino que tenían cortada la calle para evitar el paso de paparazzis.

Pasar el primer control fue relativamente fácil. Convencí a un señor de color de unos 2 metros de alto y casi lo mismo de ancho con pinganillo en la oreja, contándole que venía de aparcar el coche y que mis acompañantes que ya habían pasado llevaban mi invitación. Refunfuñó un rato, e hice el paripé de que los llamaba por teléfono y no me cogían y sin mucho problema me dejo pasar. “Esto va a ser fácil”, pensé…

Cuando creía que todo sería coser y cantar e iba radiante hacia la entrada, todo se me complicó cuando al llegar a la puerta tres primos hermanos del primer vigilante protegían la entrada como si fuese la puerta esa de “El señor de los anillos”. Iba a darme por vencido cuando apareció él. Mister Quentin Tarantino. Y fue cuando decidí cual quinceañera a la puerta de un concierto de Justin Bieber, que ahí entraba yo por mis cojones.

Me puse a la cola y al llegar mi turno, repetí el mismo paripé. “Vengo con un director español y él ya ha pasado porque el coche…” Ni me dejo acabar. Me apartó y me mando a hablar con el segundo al mando. “¿Con quien viene?”. Improvisa Pablo, improvisa… “Con Antonio Hernández”, juas! El primero que me vino a la cabeza (grandísimo director, había trabajado con él en la serie “Mediterráneo”).

Chequeó su lista y no. No estaba. Pues claro, como iba a estar… Puse mi mejor cara de extrañado, saqué mi móvil y repetí show. “Pruebe con el nombre de la productora. Lola Films” Juas de nuevo! Mi inventiva no dio resultado y el segundo de abordo decidió apartarme de la entrada hasta que alguien saliera a por mi. Lo veía muy negro, pero como siempre digo, el “No” ya lo tenía, así que a intentar conseguir el “Sí”.

Esperé unos minutos y me volví a acercar (teléfono en la oreja, por supuesto) y le dije que por favor, que yo  entraba a buscarlos y salía con la invitación. Me dijo que me podía ir a zurrir mierdas con un látigo y que no le diese más el coñazo.

Seguía entrando medio Hollywood. El poder de convocatoria que tiene el niño de la cienciología no es normal… Yo seguía la actuación en segundo plano, como un buen figurante metido en su papel. Incluso me puse a charlar con una chica random que entraba a la fiesta delante del segurata diciéndole “Please, if you see a group of spaniards, can you tell them that Pablo is waiting outside?” (me descojono sólo de pensarlo)

Pasaron como veinte minutos antes de mi último intento.

Me acerqué de nuevo con cara de desesperado y empecé a taladrarle la oreja de nuevo. “A ver, póngase en mi lugar. He venido de España sólo para este estreno y usted me impide entrar. El teléfono no funciona y aquí estoy pasando frío. (Y ahí decidí ir allin) Tome usted mi pasaporte y mi cartera. Entro y ahora mismo salgo con la invitación.” El señor me miró de arriba abajo. Mi traje, mi cara de pena, mi pasaporte en la mano y dijo, “Anda pasa…” Yuju!!

Y guardando mi pasaporte y mi cartera, accedí más feliz que una perdiz a lo que era el paraíso para mi.

Era cuestión de orgullo. Por fin, después de casi tres meses había conseguido algo en los Estado Unidos de América.

La fiesta era un fiestón de los gordos. Camisetas de la peli, gorras, barra libre, buffet del recopetin, modos Ducati por todos lados, stand de fotos que te las revelaban al momento y te las daban en una carpetita y todos los famosetes del cine poniéndose finos.

Me acerqué a la barra a pedir una copa y a ahí a mi lado me encuentro a Noah Emmerich, el pringadillo de “Beautiful Girls”, el mejor amigo de Jim Carrey en “El Show de Truman”, no muy conocido en aquel entonces y quizás por eso se sorprendió cuando le felicite por su trabajo en la peli del ya difunto Ted Demme. Cosas de la vida, resultaba que su representante en los Estados Unidos era el que estaba llevando a Pé en aquellos momentos así que empezamos a hablar y entre jiji jaja nos pusimos a cenar y nos echamos unas buenas risas. Llegaron unos amigos suyos y antes de que empezase a notar que sobraba decidí irme yo solito a disfrutar del show que había montado allí.

Siempre me ha molestado el fan tipo pesadete, ese que se acerca y empieza a preguntar por tu vida y a dar la vara y a pedir hacerse fotos y tal y cual, pero ese día no podía desaprovecharlo, y menos cuando vi a Quentin de charleta con un grupete de gente, sentados en una mesa. Me senté con mi copa a unos metros y pegué la oreja para escucharles cual cotilla Jorge Javier. Le andaban dorando la píldora por Pulp Fiction y comentaban algunas de las secuencias. Estuve allí disfrutando de la conversación un buen rato mientras a cada poco, pasaba gente pidiéndole autógrafos o preguntándole si podían hacerse una foto con él. Y yo mientras pensando como iba a abordarle, porque si ya había llegado hasta allí, tenía que hablar con él sí o sí.

En un momento se levantó, supongo que para ir al baño, y cuando volvía a la mesa, antes de sentarse, cruzó la mirada conmigo, debió ver algo que le resultó familiar y sonrió, me levanté, le ofrecí mi mano y nos saludamos, e igual se decepcionó al ver que no me conocía de nada y que sólo era un fan pesado.  “I´m a big fan…” Pero lo que sí le sorprendió es cuando le dije. “Quiero felicitarte por el mejor diálogo que se ha escrito nunca, la escena entre Cristopher Walken y Dennis Hopper en Amor a Quemarropa”. Se le abrieron los ojos y dijo “Really? I´m glad to hear this because its one of my favorites dialogues…” Y se alegró. De verdad, tanto que dedicó diez minutos de su preciado tiempo para contarme como rodaron la escena, de como Tony (así, tal cual, Tony, como si lo conociese…) decidió plantear la escena y de como quedó fascinado de la vida que le dieron los dos actorazos. Supongo que andaba cansado de contar anécdotas de “Pulp fiction” y se alegró de poder hablar de otra cosa. Me dijo que le encantaba España y que le fascinaba el flamenco. Fue muy amable y acabó deseándome mucha suerte en mi aventura americana. Fueron unos minutos realmente extraños. Estaba en una nube y no me enteraba muy bien ni de lo que decía yo, ni de lo que me decía él. Me despedí con un fuerte apretón de manos justo antes de explotar la burbuja de buen rollo creado cuando en el momento más fan que jamás recuerdo que haya tenido, le pedí que se hiciese una foto conmigo. Me miró decepcionado, como si por un momento hubiésemos hablado de tu a tu,  y me dijo que perdonase pero que le estaban esperando.

Guardo muchos recuerdos de aquel día y unas cuantas fotos que ya colgaré en algún momento. Fotos, fotos. No había cámaras digitales ni nada parecido. Mi Olympus de bolsillo sirvió para que a día de hoy, pueda recordar que estuve hablando un buen rato con Quentin Tarantino, y para eso me sirven las fotos, para recordarme que estuve allí, porque a mi cabeza con visos de Alzheimer a veces le parece que mi vida pasada ha sido la vida de otro, y que toda la gente interesante que he conocido ha sido solo producto de mi imaginación.

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5 comentarios en “Mi mayor momento fan o de cuando conocí a Quentin Tarantino

  1. Las aventuras de Pableras,me gusta,a veces cuando pasan los años nos damos cuenta q estos buenos o malos momentos son los mas recordados..Muy buen articulo amigo

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