Un respeto a los mayores

Desde chico me encantaron los juegos de cartas.

El primero que recuerdo es la brisca. Simple y divertido. Sólo tres cartas. Siempre esperando que me saliese el copón, el As de copas, y si estaba de muestra bajo el mazo, todavía mejor, me encantaba la emoción de darle la vuelta a cada carta que robaba del montón para ver si era el siete de copas y podía cambiarlo por el ansiado triunfo.

Vinieron después el burro, la escoba y el mentiroso, mezclados con parchises, ocas y domino, y fue entonces, durante el verano de 1981, cuando mi padre me enseño a jugar al poker.

Él jugaba algunas noches en verano con un grupete de amigos en la terraza, nada serio. Un rato entre compadres para tomarse un whiskey o un coñac, nada de gin tonics, ni rones con cocacolas, y fumarse unos puros.

Teníamos unas fichas de plastico de colores azul, blanco y rojo, con unas pequeñas muescas en el borde que hacían que encajasen a la perfección. Recuerdo perfectamente apilarlas en una mesa blanca que todavía conservamos, intercalando unas con otras y haciendo torres multicolores mientras mi padre me explicaba la escala de jugadas. Es curioso que la que más me gustaba ya no exista. Las figuras. Combinación de jotas, damas, reyes o ases. Por encima de las dobles y por debajo del trio. Recuerdo pasar los tiempos muertos después de la siesta, mientras mi madre se arreglaba para salir a dar una vuelta por el paseo, sentado en la terraza barajando naipes franceses de fournier e inventando jugadas imposibles.

Una noche al ir a darle el beso de buenas noches a mi padre, me lo encontré con sus amigos echando nas manos. Me senté junto a él en el pollete de obra que había en la terraza, y me dediqué a observar y absorber toda la información posible mientras jugaban distendidamente entre risas y anécdotas al chirivito (entonces para mí era el “poker abierto”).

Fue entonces cuando a un amigo de la familia se le ocurrió decirme, “¿Quieres jugar Pablito?”. Mis ojos lo miraron como un pobre gatito famélico y no pude más que afirmar con la cabeza. Mi padre advirtió a sus amigos, “Cuidado que juega muy bien”, en un generoso acto para llenarme de seguridad ante tan ansiado momento para mí. Abrió el pequeño cofre de las fichas y me dio un “resto” que apunto en un papel con la rigurosa seriedad que le caracterizaba para todo lo relacionado con los juegos de cartas.

No os voy a engañar. No me acuerdo si eran cien o mil pesetas lo que jugué, no recuerdo la jugada que ligué, ni siquiera si me puse nervioso. Pero lo que si recuerdo a la perfección, es la cara de poker que se le quedó al amigo de mi padre cuando levante las cartas con una seguridad pasmosa y mis manos se fueron raudas a recoger las fichas del tapete para hacer mis columnas de colores mientras el señor me miraba como un pasmarote. Mi madre me sigue contando hoy en día la poca gracia que le hizo al hombre que un crio de tan sólo seis años le ganara a las cartas.

Después vinieron la garrafina, el king, el continental, el tute y la pocha con todas sus modalidades, y por supuesto, el mus, que era el único que se acercaba en emoción al poker. Me pasaba los veranos en las terrazas de Almuñecar jugando vacas y vacas sin descanso entre la siesta y la cena. Todos los días sin falta.

Más tarde llegaron las evoluciones del poker más allá de los clásicos abierto y cerrado (five card draw). Jugábamos al chirivito con descarte, con doble board, con comodines. Inventábamos formas y combinaciones para que los botes fueran más jugosos al haber milones de combinaciones. La cruz, la torre Eiffel, el avión… En resumen, nos encantaba jugar a las cartas.

Me he pasado casi 30 años de mi vida tocando naipes y esa es una escuela de poker que no tiene precio y que por mucho que quiera no puedo encontrar hoy en día en ningún sitio ni en ninguna web. La experiencia es una de las mayores bazas que puede tener un buen jugador de poker.

Los médicos aprenden a ser mejores médicos ejerciendo como tales. Durante sus primeros años como residentes, en urgencias, se tragan de todo y no le hacen ascos a nada, y más adelante, se especializan en lo que les apasiona.

Hay que llegar a tener la capacidad de poder sentarse en una mesa de poker y poder adaptarse a cualquier juego al instante. Hay que trabajar para tener esa facilidad.

Por eso mi respeto más absoluto a los jugadores de naipes de toda la vida que muchos tachan de rocas, de simples y de malos jugadores porque no saben lo que es “flotar” o “pushear” o hacer un “stop and go”.

Jack Ury, jugó estas últimas WSOP con 96 años y falleció hace unos días. Descanse en paz. Pacocho publica una entrada en su blog con un video para partirse el ojete con un capullín que le intenta vacilar.

Así que señores, un poquito de respeto y un mucho de cuidado con esa gente. Os aseguro que Leo Messi no aprendió a jugar al futbol hace tres años enganchado al FIFA de la playstation. Lleva tocando balón desde bien pequeño y es lo que hace que sea el mejor jugador del mundo.

 

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6 comentarios en “Un respeto a los mayores

  1. Joder Pablo, me siento super identificado con tu niñez, la mia fue igual, solo que al poker aprendí a jugar hace relativamente poco, pero he jugado a todo lo que use cartas jaja
    Yo ademas a los 14 o así empecé a jugar a Magic, de donde an salido muchísimos pros de poker, por ejemplo todo el nucleo de profesores de educapoker.
    Adoro los cartoncitos. ^^

  2. q tal pablete’?¿comentario genial,estoy cn tigo en todo lo q acabas de comentar,a todos los q jugamos a esto lo llvamos dentro de muy pequeño,y aprendemos de los mejores maestros,q son nuestros padres.bueno un gran saludo del canario,y agradecerte como me has tratado en mi pequeña gran aventura del fin de semana pasado.espero verte en el proximo torneo…..en tu tierra.jejejjej!!

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