Grande Woody

Después del día de ayer, en el
que tuve una retahíla de bad beats muy por encima de lo normal (en un satélite
para el WCOOP en un heads up en el que mi enemigo solo tenía 200 fichas me ganó
6 allins seguidos y me echó a la calle. En todos iba yo por delante.)

Voy a escribir sobre cine para
relajarme un poquito antes de irme a la biblioteca a seguir machacando las
leyes administrativas españolas.

    

Con la última película de Woody
Allen, “Conocerás al hombre de tus sueños” los críticos vuelven a reprocharle
al director el no estar a su mejor nivel. No voy a decir que sea su mejor
trabajo, pero sigue en la línea de excelentes historias en las que demuestra
entender a las mil maravillas la mentalidad de los hombres.

Ir a ver una peli de Woody Allen
es como quedar con un amigo que continuamente te cuenta historias increíbles y
con quién siempre pasas un buen rato. No podemos exigirle que sus aventuras
tengan que ser siempre mejores y más excitantes y divertidas que las
anteriores, pero este genio, que se dedica a hacer una película por año,
consigue sorprenderme con cada nuevo trabajo.

Su evolución como director me
recuerda a la evolución de un buen jugador de poker que en sus inicios tuvo
momentos de fama y genialidad y al que por ganarlo todo ya no nos sorprende que
sea tan genio, y al final para satisfacernos queremos que haga juegos malabares
y gane el EPT, el WPT y las WSOP el mismo año.

Woody tiene cuarenta y seis
películas a sus espaldas. Muchas de ellas auténticas obras maestras. El público
quiere otra “Annie Hall”, otra “Manhattan”, pero siento decirles que eso no
puede ser. Estás dos maravillas están dentro de sus diez primeras películas y
nuestro sabio tenía una mentalidad entonces y otra ahora. Ha pasado de
describirnos a la perfección sus inquietudes de (casi) cuarentón, su miedo a la
soledad, a la vida y a la muerte, a las relaciones; a mostrarnos odio entre
hermanos, a criticar el mundillo donde trabaja y hasta a enseñarnos el peligro
del juego (otra de sus películas más castigadas por los siempre peculiares
críticos fue la excelente “Cassandra´s dream” donde Colin Farell echa su vida a
perder por culpa del poker). Este monstruo, coge el toro por los cuernos, y no
tiene tapujos para mostrarle al público que él y sus circunstancias son sus
películas. Incluso en aquellas en las que indaga más allá de lo superficial en
la muerte, y en las que tiene el valor de abrirnos la puerta a su habitación privada
de instintos homicidas, como ocurrió en “Match point” o “Delitos y faltas”. Admiro
tanta sinceridad. Siempre que lo veo en las revistas paseando con su joven
hijastra y esposa Soon-Yi, cogidos de la mano, pienso en que Mariel Heminway le
ha dado otra oportunidad en ese portal New Yorkino al final de “Manhattan”.

   

Y ahí es donde reside el secreto
del éxito de Allen. En ser sincero y en mostrar sin miedo lo que piensa y en
hablar de lo que mejor sabe. De las relaciones de pareja. Y aunque me duela no
verlo actuando últimamente en sus películas, entiendo el porqué. El personaje de
Sir Anthony Hopkins en su último film no me hubiese encajado si él hubiese interpretado
al hipocondríaco ricachón con problemas vitales y eréctiles. Quiere enseñarnos
a alguien, y para mostrarnos a ese alguien, tiene que trasladarnos a una
ficción que nos aleje de su realidad. ¡Que lección magistral de la crisis de
los seSTenta! Real como la vida misma. Puro Allen. “Si la cosa funciona” fue un
preludio de esta crisis, que arrancó literalmente las carcajadas de mi
estómago, y ahí si eché de menos a Allen mientras Larry David usurpaba su
personaje (aunque con una soltura inesperada). Mientras disfrutaba de la
película en la inauguración del festival de cine de San Sebastián, recordaba las
carcajadas descontroladas de mi padre años atrás mientras gozaba de “Sueños de
un seductor”, escrita e interpretada por Woody, pero no dirigida, donde el cómico
se metía de lleno en la crisis de los treinta; y de como nos reíamos los
hermanos mientras videavamos “La última noche de Boris Grushenko”, la más filosófica
y absurda de sus obras, en nuestro viejo video Betamax. Que gran maestro.

  

  

Y al igual que uno no se vuelve a
enamorar nunca como cuando tenía quince años, por el simple hecho de que no se
puede quitar la experiencia adquirida en la vida de golpe y porrazo y volver a
aquella inocencia quinceañera, por ese motivo, repito, no habrá otro “Annie
Hall”. Porque Woody Allen es su cine y su cine es un testamento en celuloide
sobre su vida. Y al igual que recuerdo mi primer beso, mi primer amor y mi
primer desengaño, puedo ver en sus películas sus “primeros momentos”. Y esa es
la magia del cine y de la vida. Hay quién se queda estancado en los recuerdos,
en el pasado, como el escritor en ésta su por ahora última película, que quiere
seguir atado a su primer éxito y vivir de las rentas y no evolucionar, y hay
quien, por suerte, evoluciona y nos muestra como va creciendo día a día. Y a mí
personalmente, Mr. Woody Allen, consigue enamorarme de tal manera que me entran
ganas de tener nietos para contarles las mil y una historias del abuelo Woody.
De su infancia viviendo debajo de un parque de atracciones, de cómo con sentido
del humor se pueden enamorar a las mujeres más bellas, de cómo trabajó de
representante de actores, de mago, de detective, de guionista, de director… De
sus crisis, la de los treinta, la de los cuarenta, la de los cincuenta,
sesenta, setenta y esperemos que ochenta y noventa… De cómo se puede vivir
siendo fiel a tus principios, de cómo le rompieron el corazón una y tantas
veces, y de como todas ellas supo rearmarse y volver a vivir la vida como mejor
supo. Con sentido del humor.

   

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